El Refugio Blanco era el último santuario de Demian Vieri: una bóveda de información escondida en las colinas toscanas, diseñada para ser impenetrable. Dimitri y Valentina se movían con una eficiencia que había superado la necesidad de palabras. Eran socios en la guerra, amantes por necesidad, y una bomba de tiempo lista para explotar.
Matteo, desde la distancia y operando solo con un canal encriptado, proporcionó el mapa de los accesos de servicio, la última prueba de su traición a su padre.
—El búnker tiene dos entradas, Dimitri. La principal y una antigua línea de servicio de agua que mi padre usó para el cableado original. Es el punto más débil —susurró Valentina, señalando un punto en el mapa digital.
—Si fallamos, él habrá ganado. Y seremos peones en la guerra de Nikolai —dijo Dimitri, ajustando el silenciador de su arma.
La confianza era absoluta, pero el aire estaba cargado con la posesividad de Dimitri. La imagen de Nikolai y su interés por Valentina era un veneno que corría