La Mansión Vieri dormía bajo un manto de paz inusual, hasta que a las tres de la mañana, un grito desgarrador rasgó el silencio. No era un grito de guerra, sino el anuncio de una nueva vida.
—¡DIMITRI! ¡YA ESTÁN AQUÍ! —bramó Valentina, apretando las sábanas con fuerza.
Dimitri, el hombre que había enfrentado ejércitos sin pestañear, saltó de la cama como si le hubieran disparado. El pánico se apoderó del Pakhan.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿Te duele? ¡Claro que te duele! ¿Te ayudo? ¿Quieres que cargue la cama? —preguntaba Dimitri, diciendo cosas sin sentido mientras corría de un lado a otro.
Sin esperar respuesta, la levantó en brazos. Salió de la habitación y bajó las escaleras a toda velocidad, ignorando que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
Abajo, Demian ya estaba de pie en medio del salón, con su bata de seda y los ojos bien abiertos. Al ver a Dimitri bajar los escalones como un loco, el Patriarca estalló.
—¡LOUCO DE MIERDA! —rugió Demian—. ¡¿Cómo se te ocurre bajar corriendo las escaleras