La Mansión Vieri dormía bajo un manto de paz inusual, hasta que a las tres de la mañana, un grito desgarrador rasgó el silencio. No era un grito de guerra, sino el anuncio de una nueva vida.
—¡DIMITRI! ¡YA ESTÁN AQUÍ! —bramó Valentina, apretando las sábanas con fuerza.
Dimitri, el hombre que había enfrentado ejércitos sin pestañear, saltó de la cama como si le hubieran disparado. El pánico se apoderó del Pakhan.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿Te duele? ¡Claro que te duele! ¿Te ayudo? ¿Quieres que cargue la ca