Mientras los gritos de Demian aún resonaban en la clínica y la sorpresa de los gemelos llenaba el aire, Valeria salió al pasillo buscando a su hijo menor. No lo encontró en la cafetería ni con los guardias. Siguiendo un instinto de madre, caminó hacia la sala de seguridad táctica, la parte más fría y oscura de la mansión.
Allí estaba él. Matteo permanecía de pie frente a una pared de monitores, inmóvil, con las manos entrelazadas tras la espalda. La luz azul de las pantallas bañaba su rostro, r