Mientras los gritos de Demian aún resonaban en la clínica y la sorpresa de los gemelos llenaba el aire, Valeria salió al pasillo buscando a su hijo menor. No lo encontró en la cafetería ni con los guardias. Siguiendo un instinto de madre, caminó hacia la sala de seguridad táctica, la parte más fría y oscura de la mansión.
Allí estaba él. Matteo permanecía de pie frente a una pared de monitores, inmóvil, con las manos entrelazadas tras la espalda. La luz azul de las pantallas bañaba su rostro, resaltando unas facciones que se habían vuelto afiladas y gélidas.
Valeria se detuvo en seco. Se le heló la sangre. Por un segundo, no vio a su hijo; vio a su suegro, el Primer Patriarca Vieri. La misma rigidez en los hombros, la misma mirada que parecía ver a través de la carne hasta los pecados de los hombres.
—Matteo... —susurró ella, acercándose con cautela—. ¿No vienes con nosotros? Tu hermana... son dos, Matteo. Vas a ser tío de dos bebés.
Matteo no se giró. Ni una sola fibra de su rostro s