Tres años habían pasado, y la Mansión Vieri no lucía como una fortaleza, sino como un palacio de cristal y flores blancas a orillas del Lago de Como. El aire estaba cargado de música suave y el aroma de miles de rosas blancas importadas directamente de Italia.
La marcha nupcial comenzó a sonar, pero no fue la novia quien captó primero los suspiros, sino el cortejo.
A la cabeza venía Demian Vieri, caminando con el pecho inflado de orgullo, cargando en sus brazos a la pequeña Chiara. La niña, una