Tres años habían pasado, y la Mansión Vieri no lucía como una fortaleza, sino como un palacio de cristal y flores blancas a orillas del Lago de Como. El aire estaba cargado de música suave y el aroma de miles de rosas blancas importadas directamente de Italia.
La marcha nupcial comenzó a sonar, pero no fue la novia quien captó primero los suspiros, sino el cortejo.
A la cabeza venía Demian Vieri, caminando con el pecho inflado de orgullo, cargando en sus brazos a la pequeña Chiara. La niña, una copia miniatura de Valentina pero con la mirada traviesa de su abuelo, llevaba un vestido de encaje que la hacía parecer una verdadera princesa de cuento. Demian le susurraba al oído: "Tú eres la verdadera reina, no dejes que el ruso te diga lo contrario", mientras la niña reía y tiraba pétalos de flores con entusiasmo.
Detrás de ellos, el silencio se hizo profundo. Matteo caminaba con paso firme, cargando a la pequeña Sofía. La niña tenía los ojos gélidos de Dimitri, pero al estar en los brazo