Mi Muerte Fue Su Peor Castigo
Hacía muy poco que me había casado con Alberto Aguirre, el heredero de una de las familias más poderosas de la capital.
Y ahora, era él mismo quien me llevaba a firmar el divorcio.
Me quedé paralizada en mi sitio, mientras a mi alrededor sus amigos se burlaban de mí sin molestarse en disimularlo.
—Alberto, ¿de verdad te casaste con Sandra y ahora te divorcias solo porque te lo pidió Beatriz?
—¡Ja, ja! Miren cómo se quedó Sandra. No me vayan a decir que se va a poner a llorar.
Pero Alberto ya tenía rodeada por los hombros a su hermana adoptiva, Beatriz Cortes, y le habló con ternura:
—Ahora sí me vas a regalar una sonrisa, ¿verdad?
Beatriz dejó escapar una risita y, por primera vez, una sonrisa asomó en su rostro siempre frío.
Quise ir a pedir explicaciones, pero mis tres hermanos mayores me sujetaron con fuerza.
El mayor, Jorge Nogueda, presidente de una gran empresa, frunció el ceño.
—Beatriz solo sonríe cuando Alberto la hace reír. Ten un poco de vergüenza.
El segundo, Miguel Nogueda, un actor famosísimo, me empujó hasta tirarme al suelo.
—Su vida ya ha sido bastante desgraciada. Tú lo tienes todo; puedes vivir sin ese hombre.
El tercero, Ángel Nogueda, profesor de biología, endureció el gesto.
—Alberto siempre debió casarse con ella. Deja de interponerte entre los dos.
Me metieron a la fuerza en el auto y no me dejaron arruinarle el momento a la mujer a la que siempre habían puesto en un pedestal.
Entonces, el sistema, que llevaba muchísimo tiempo sin aparecer, por fin volvió a activarse.
[Anfitriona, se ha detectado que la misión ya fue completada. ¿Desea regresar de inmediato al mundo real?]
Sentada en el asiento trasero, contemplé la calle por la ventanilla con una amargura tan honda que casi me arrancó una carcajada.
La farsa melodramática que había mantenido para cumplir aquella misión por fin terminaba.
A partir de ese momento, ya no pensaba seguirles el juego en ese enredo de amores y rencores.