Charlotte se despertó con la nariz enterrada en el pecho de Adriano, su brazo rodeándola con una posesividad que ya no sentía intrusiva, sino profundamente protectora. El aroma a cuero, especias y a *él* la inundaba, y por primera vez en años, se sintió completamente en paz.
Hasta que oyó una voz.
Una voz aguda, femenina y estridente, que cantaba en italiano. Y no provenía de un sueño.
Charlotte se puso rígida. Adriano se removió a su lado, también despertando.
—¿Qué…? —murmuró él, con voz ronc