El mundo se redujo a una burbuja de luz blanca y sonidos amortiguados. Charlotte flotaba en un mar de agotamiento y éxtasis, el eco de los dos llantos aún resonando en sus oídos como la música más hermosa. Un peso inmenso, literal y figurativo, había sido liberado de su cuerpo, dejando atrás un vacío doloroso pero triunfal.
—Charlotte —la voz de Adriano, ronca y cargada de una emoción que traspasaba la niebla de su cansancio, la llamó suavemente—. *Amore mio*, míralos. — Ella abrió los ojos con