La primavera estalló en toda su gloria sobre Nueva York. Los cerezos en flor del jardín botánico eran una nube rosada, y el aire cálido llevaba la promesa de nuevos comienzos. Para Charlotte, acercándose a la semana treinta y seis de su embarazo gemelar, cada día era un equilibrio entre la incomodidad extrema y una felicidad serena que parecía impregnarlo todo.
Adriano se había convertido en una presencia constante y tranquilizadora. Ya no era el visitante puntual, ni siquiera el cuidador en es