El sol de media mañana en Martha's Vineyard doraba la arena y hacía brillar el mar como un campo de diamantes líquidos. Pero la verdadera joya de la playa privada era Charlotte, de pie bajo una glorieta adornada con tules blancos y gavillas de trigo, bajo el vigilante y cariñoso cuidado del doctor Rossi, su obstetra, y una comadrona que no se separaba de su lado. A sus treinta y ocho semanas de un embarazo gemelar, Charlotte era la encarnación de la vida misma. Llevaba un vestido de gasa color