Elio
La celda es más pequeña que mi antiguo vestidor. Una cama de concreto fijada a la pared, un inodoro de acero, un fregadero que gotea. El olor es una mezcla agresiva de desinfectante y sudor frío. La puerta, un bloque de acero con un ojo de buey, se cerró hace horas. O minutos. El tiempo se ha estirado, deformado, hasta perder todo sentido.
Estoy sentado en la cama, la espalda contra la fría pared. El dolor en mi hombro no es más que un pulso sordo, un recordatorio lejano de la batalla. Me