El tiempo ha pasado. ¿Cuánto? ¿Meses? ¿Un año, quizá? Dejamos de contar. Vivimos en una pequeña casa de madera, a orillas de un lago tan vasto que parece un mar interior. El invierno es largo y crudo, el silencio, casi absoluto. Nadie nos conoce. Somos Marcus y Léa, los recién llegados, un poco extraños, tan discretos.
Esa mañana, me levanto temprano. La escarcha ha dibujado flores de hielo en los cristales. Élio —Marcus— aún duerme. Sus facciones se han suavizado. Las sombras bajo sus ojos se