El silencio que sigue es casi peor que los disparos.
Es un silencio pesado, denso, lleno del crepitar de los últimos incendios, del gemido de la estructura dañada y del aliento ronco de los sobrevivientes. Las luces azules destellan, estroboscópicas, transformando la cocina en un infierno helado. Cada destello azul congela un instante de pesadilla: los cuerpos de nuestros hombres, la cara derrotada de Marco, la sangre en mis manos, en las de Sofía.
No asaltan de inmediato. Se toman su tiempo. A