SOFÍA
El taxi frena frente a la casa.
Permanezco inmóvil en el asiento, la mirada perdida en el vacío, el corazón apretado por un dolor sordo que constriñe mi caja torácica como un puño invisible.
Estoy en otro lugar, muy lejos de este umbral que debería cruzar, pero que temo más que a nada.
Tres días.
Tres días que hemos pasado juntos,
y sin embargo, más distantes que nunca.
Tres días de esta luna de miel que no se parece a nada más que a una tregua frágil, a una pausa forzada en una lucha que