El amanecer sobre la fortaleza Roja tenía un aire distinto. No era la serenidad del descanso, ni el júbilo de los días de victoria; era un silencio denso, expectante, como si las piedras mismas supieran que algo estaba a punto de desatarse.
Serena yacía en la habitación principal, rodeada por el tenue resplandor que se filtraba a través de las cortinas carmesí. El médico de confianza de Mikhail había pasado toda la noche revisándola, monitoreando cada signo vital, cada respiración, cada leve mo