El amanecer llegó teñido de un rojo violento, como si el mismo cielo presintiera la sangre que se derramaría ese día. Desde la colina donde se extendía el complejo de operaciones, Dante observaba el horizonte con los brazos cruzados y el rostro endurecido. A su lado, Mikhail revisaba los planos digitales sobre la mesa de mando, mientras Serena —pálida, pero firme— daba las últimas órdenes a su equipo de comunicaciones.
Había silencio, un silencio espeso, el último aliento antes de la tormenta.