La luna apenas era una cicatriz en el cielo cuando la fortaleza, todavía tibia por las celebraciones, empezó a dormitar. Las antorchas lanzaban sombras largas sobre la piedra; la mayoría de los hombres estaban en los barracones, los líderes reunidos en pequeños grupos, y la música quedaba lejana, amortiguada por las murallas.
En la ala este, la habitación donde Ekaterina había dejado a los mellizos esa tarde estaba vigilada por dos guardias veteranos y una cámara. Los niños dormían envueltos en