La noticia del nacimiento del hijo de Mikhail Volkova se había expandido como fuego en hierba seca. La fortaleza de la Roja, ya imponente por sí misma, se llenaba ahora de un aire solemne y festivo. El llanto del recién nacido no solo anunciaba la llegada de un heredero, sino que sellaba con fuerza el futuro de toda una organización que parecía indestructible. Para la Roja, cada vida nueva era una promesa, un símbolo de que su legado seguiría ardiendo más allá del tiempo y de los enemigos.
Sere