La noche había dejado su cicatriz. El intento de secuestro todavía se sentía como humo en los pulmones de todos. Ekaterina no se separaba de los mellizos ni por un instante, y los pasillos de la fortaleza eran un hervidero de hombres armados, de órdenes secas y de silencios tensos.
Dante no dormía. Llevaba horas de pie en la sala de guerra, con un mapa extendido sobre la mesa, el cigarrillo apagado en los labios y el teléfono satelital en una mano. El nombre que habían encontrado en el cuerpo d