El silencio que siguió al colapso de Serena fue tan abrupto que incluso los guardias parecieron contener el aliento. Zhar se quedó inmóvil, con la mandíbula tensa, observando el cuerpo tembloroso de la prisionera que no debía importarle… y sin embargo, lo hacía. Cada latido de su corazón se volvió un golpe sordo y furioso contra su propio pecho.
Serena no estaba muriendo. No aún. Pero algo dentro de ella estaba cambiando, ardiendo, expandiéndose como un fuego que exigía destrucción o libertad.