El convoy avanzaba devorando la carretera oscura como un animal metálico hambriento. Los faros perforaban la niebla espesa que cubría las montañas, y el eco de los motores se mezclaba con el rugido constante del viento nocturno. Dentro del blindado principal, Dante observaba las coordenadas proyectadas en la pantalla mientras su mandíbula permanecía tensada como una hoja de acero.
Esa noche no era una misión más.
Esa noche cerraban un ciclo que había comenzado años atrás.
Y él estaba listo para arrancarle la cabeza al hombre que había perseguido su vida entera.
Serena estaba a su lado. Dante había intentado convencerla de quedarse en la fortaleza, pero ella había sido firme. No iría al frente de batalla, pero no se alejaría mientras su familia entraba al fuego. La preocupación aún marcaba sus rasgos, pero estaba serena —irónico, pensó él— con una calma casi inquietante.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Dante sin despegar la vista del mapa, aunque su mano buscó la de ella.
—Fuerte —respond