La noche había caído sobre la Fortaleza como un manto de acero y ceniza. Afuera, los muros de piedra antigua parecían respirar con el mismo pulso que sus habitantes: un latido lento, contenido, como el de una bestia que aguarda el momento de lanzarse sobre su presa. Nadie dormía. No después de lo ocurrido. No después de que Serena hubiese caído al suelo, su cuerpo estremecido entre manos desesperadas, mientras la vida dentro de ella pendía de un hilo invisible.
Dante permanecía de pie en el bal