El sol de la mañana apenas había terminado de iluminar los muros de la fortaleza cuando las puertas del gran salón se abrieron. Allí, donde la noche anterior se había celebrado el banquete de bodas, las mesas ahora estaban despejadas y el aire impregnado de un nuevo propósito: estrategia.
Mikhail Volkhov, con su porte imponente y la serenidad de un hombre acostumbrado a mandar, ocupó la cabecera de la mesa. A su lado estaba Anastasia, su esposa, con una mano sobre el vientre, observando cada ge