El sol caía lentamente sobre las colinas de Nápoles, tiñendo de tonos dorados y rojos los muros de la fortaleza. Serena estaba en el balcón de su habitación, observando el horizonte con la mente aún impregnada de la intensidad de la noche pasada y la promesa de un futuro al lado de Dante. Pero la calma nunca duraba demasiado en su mundo.
Un golpeteo en la puerta la sacó de sus pensamientos. Sergei entró, serio, con un sobre en la mano. El sello estaba intacto: un escudo antiguo, con el emblema