La primera luz del amanecer se filtraba entre las gruesas cortinas de terciopelo rojo, tiñendo la habitación con un resplandor dorado. Afuera, los jardines de la fortaleza todavía estaban en calma; ni los guardias se atrevían a romper el silencio sagrado de la mañana siguiente a la boda.
Dante despertó primero. Acostado de lado, observó en silencio el rostro de Serena, quien dormía con la cabeza apoyada en su pecho. Su cabello rojo se esparcía como un río ardiente sobre las sábanas blancas, y s