Las luces del gran salón de la fortaleza resplandecían con una calidez casi teatral. El banquete había alcanzado su punto culminante: las copas rebosaban de vino, los manjares aún humeaban en las mesas, y las melodías de violines llenaban cada rincón con un aire solemne y festivo a la vez. El eco de las risas y los murmullos de las organizaciones reunidas se mezclaba con el tintineo de cubiertos y copas, como un rumor de poder contenido.
En el centro, Serena y Dante compartían la mesa principal