El amanecer no llegó con calma. En el búnker, el ruido metálico de armas ajustándose, botas golpeando el concreto y voces secas de órdenes sustituyó cualquier posibilidad de descanso. Los hombres habían dormido pocas horas, pero la adrenalina seguía en sus venas. Sabían que si querían sobrevivir, el cuerpo debía endurecerse más que el acero.
Mikko fue el primero en reunirlos en la sala amplia que servía como área de entrenamiento. Su voz retumbó como un látigo:
—¡De pie, carajo! ¡Hoy nadie se q