El búnker olía a pólvora, sudor y a la euforia cruda de una victoria ganada a sangre y fuego. Los hombres entraban cargados con las bolsas repletas de dinero y armas, dejándolas caer con un estrépito metálico sobre las mesas. Algunos reían, otros jadeaban, y varios se dejaban caer contra las paredes, todavía con la adrenalina en la piel.
—¡Lo logramos! —exclamó Márquez, alzando una botella que había encontrado entre los suministros.
El eco de su voz se mezcló con un coro de aprobación. Alguien