El convoy avanzaba como una sombra afilada a través de la carretera desierta, devorando kilómetros bajo un cielo ennegrecido que presagiaba tormenta. No había radios encendidas, ni conversaciones, ni siquiera respiraciones profundas. Solo motores contenidos, latidos tensos, adrenalina en forma de acero líquido corriendo por las venas de cada uno de ellos.
Las luces estaban apagadas. Los asientos, reforzados. Las armas, listas.
Todo estaba en marcha.
El final de Lorenzo comenzaba esa misma noche