Mundo de ficçãoIniciar sessãoGavrel Mikhailov.
El arma que llevo en la maleta parece llamarme. Una parte de mí quiere responder. Porque la molestia no se me quita y el insomnio no se esfuma cuando hay alguien durmiendo en la misma cama. No la definiría como mujer. Es más como una tromba, inestable. Respira. Y ese simple hecho resulta irritante. Delineo la M dorada de mi brazalete, inflo mis pulmones, obligando a mi mente a seguir ese patrón y no otro. Mikhailov. Un apellido que teje lazos de poder sobre aquello que sabe que puede dominar. Lo cual, quienes portamos el apellido sabemos que se trata de todo. El mundo necesita disfraces hechos de nombres con poder, y se los doy. Lo que creen que ignoro, en realidad lo permito. Todo lo que guardo en mi cabeza reverbera en el centro de mi pecho. Salí de Rusia con un pensamiento que arruinó cualquier intento de escribir sobre sabores delicados. Pero resultó perfecto para otro tipo de cocina. Para paladares exóticos y que grabarán historia en mesas donde no quedará mucho de los platillos. Ni de los comensales. La cría a mi lado me busca, sin saber que justo ahora podría introducirla en el más profundo infierno. Y no del que podría disfrutar, sino hacerle pedir un acuerdo con el mismo rey del inframundo. Sin saber que soy descendiente de él. Vengo de una familia donde los enemigos, los excesos y las experiencias poco comunes forman parte de la rutina y te vuelve propenso a desarrollar otras habilidades… o, al menos, a buscar otros escenarios sin abandonar del todo el origen. Waleska lo llama “el nido”. No sé por qué empezó a decirlo así, pero el nombre funciona. Por eso también lo uso. Me repito que debo dejar de hacerle caso a Maya y a mi hermana cuando se empeñan en meterme en cada tontería que se les ocurre. Clarisse organizó una cita con una de sus amigas. No fui. No me interesa una mujer que se crea una celebridad por reunir seguidores en una pantalla. No hay nada que me hastíe más que ver a alguien convertirse en proveedor de información que nadie pidió. A nadie le importa qué desayunaste, qué almorzaste o qué cenaste. Mucho menos si compraste ropa, si fuiste a una fiesta o si decidiste existir frente a una cámara durante cinco minutos. La mayoría confunde exposición con valor. Crecimiento con atención. Y aprobación con respeto. No les cuesta nada trabajar en algo que realmente merezca admiración, pero prefieren exhibir cada hora de su vida privada como si el ruido fuera sinónimo de importancia. Por eso mis gustos son… particulares. Cero relaciones a largo plazo. Nadie se acerca si yo no lo permito. Y nadie me toca a menos que pueda tolerarlo. Lo cual ocurre rara vez. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que lo único que me interesaba era observar, aprender. Desde pequeño me llamó la atención la cocina. Durante horas veía expectante a mi abuela preparando recetas de todos los estilos que un niño de cuatro creyera posible. La paciencia con la que medía cada ingrediente, la pasión que le ponía a cada platillo era mejor que ver un televisor o apretar el control remoto de un dron. A veces se permitía experimentar con sabores más atrevidos y nos obligaba a probarlos, como si lo que quería decirnos pudiera entenderse mejor a través del paladar. Ir a un restaurante no era una necesidad. Teníamos a la mejor chef del mundo en casa. Mi abuela dominaba el mundo de sabores sin que nadie se atreviera a cuestionarla. Mi abuelo, por su parte, siempre ha estado feliz de que su sombra no opaque el nombre de Antonella. La mafia siempre suele apagar la luz para envolver lo que toca en la oscuridad que su mundo ofrece, pero mi abuela no le temió a ello. Lo modificó siendo la primera mujer en tener un rango. Distinguido y respetado. Su sucesora fue mi progenitora. Y no fue menos que ella. Las leyendas dicen mucho, pero no todo. Abogada temida en juzgados, contrariando la imagen de una bibliotecaria en un sitio que ahora le pertenece. Conozco la historia de mi madre. Cualquiera la usaría como inspiración. A mí me interesa menos la historia y más lo que existe detrás. No se paga con menos que con la certeza de que en esta familia, cada historia se convierte en arma o en un legado. Dinastía Mikhailov. Una cadena de hombres y mujeres con gallardía y valentía. Dispuestos a sacrificarse si es necesario para preservar aquello que consideran suyo. Mikhail. Lo describen como un tipo de barba robusta, ojos azulados con un tinte de maldad que no ocultaba su origen. Mi abuelo cuenta su historia y me parece fascinante. Mientras una rodilla se flexiona a mi lado, recuerdo el origen de lo que ahora conocemos como un imperio incomparable. Los padres de Mikhail eran gente de clase media, obsesionados con ascender. Casaron a sus hijas con los hombres que más convenían a sus intereses. No a ellas. A sus intereses. Ruslan siguió esa tradición, y sin quererlo, cambió la historia. No por mano propia. Sino por la de su descendencia. Mikhail, el único hijo varón, nunca estuvo de acuerdo. Pero lo aceptó por sus dos hermanas mayores; Nadezhda y Lada. Ellas se casaron con mercaderes y un dueño de minas. Fingían que no convivían con ellos. Les resultaba fácil y funcionaba. Mi abuelo dice que el caso que lo quebró fue el de Maia, la menor. Quince años. Entregada a un hombre de cuarenta y ocho llamado Serguey. Tiempo después, Maia volvió a visitar la casa familiar. Lo hizo para ver a su hermano, porque eran los únicos que realmente se querían dentro de esa familia. No esperaba que él notara los golpes. O al menos lo quiso así. Pero los tenía en el cuello, en los brazos y en los tobillos. Marcas de látigo, quemaduras de brasas, heridas que no se pueden fingir ni ocultar. Mi abuelo dice que Mikhail no gritó. No lloró y no preguntó nada. Solo miró. Y cuando un Mikhailov mira así, algo en el mundo ya empezó a romperse. En ese caso, fue el nacimiento de una dinastía. El instinto de protección hizo lo suyo. Mikhail fue a buscar al hombre que había causado esas heridas y lo dejó casi muerto a golpes. Maia, aterrada por lo que podrían hacerle a su hermano, dijo que habían sido asaltados. Que unos desconocidos lo habían atacado en la calle. Debieron quedarse con esa versión. O tal vez no. Para que una dinastía como la nuestra naciera, tenía que haber sufrimiento. Dolor. Sangre suficiente para que el recuerdo no se diluyera. Sus padres investigaron. Los yernos colaboraron. Y un sirviente, ansioso por ganar favores, terminó contando lo que había ocurrido realmente. Maia fue encerrada. Mikhail, entregado. Los azotaron durante semanas. Ella dos meses. Él casi tres meses. No por justicia, sino por conveniencia. Sus propios padres lo entregaron al enemigo para conservar sus alianzas. El hombre al que había golpeado sobrevivió, aunque nunca volvió a caminar sin bastón. Mi abuelo dice que Mikhail no gritó durante los castigos. No pidió clemencia. No negoció. Solo esperó. Su venganza no fue inmediata. Fue paciente. Y cuando llegó… estaba vestido de la muerte. Lo único que lo motivaba era su hermana. Maia sería vendida a un burdel y sacada del país en cuanto la embarcación tocara tierra. No se quedó de brazos cruzados. Cuando tuvo la oportunidad, escapó con ella. Huyeron durante días, perseguidos por perros y hombres dispuestos a disparar en cuanto los vieran. Así llegó a un territorio que no conocía, pero en el que sabía que no lo detendrían. Fueron emboscados por una guardia de vigilancia de la época. Su destino era morir allí, pero el instinto de proteger a la pequeña pesó más que cualquier herida. Luchó hasta abrirse paso y salió con vida, aunque apenas. Terminaron en dominios de pandillas que se reunían para delinquir en un mismo lugar. Les faltaba organización. Les faltaba disciplina. Les faltaba visión. Y él lo vio. A cambio de pelear para ellos, lo dejaron quedarse. Mikhail sabía de armas. Sabía de gente de alta sociedad. Les enseñó cómo moverse entre ellos sin llamar la atención, cómo mirar sin parecer que miraban, cómo desaparecer a plena vista. La hermana del líder, Zlata, una mujer de veintidós años, cuidó de Maia. Le enseñó a defenderse, a caminar sin parecer presa, a entender que en ese mundo la debilidad no se perdona: se castiga. De allí nació una relación extraña. Odio, atracción, protección… y algo que ninguno de los dos habría sabido nombrar. Mikhail dejó de ser un aristócrata para convertirse en también un bárbaro lleno de rabia. Se convirtió en un hombre con un propósito. Ir por ellos. El perdón nunca fue una opción. El perdón es una ilusión cómoda para quien no tiene cuentas que cobrar. Ningún Mikhailov cree en eso. Y quien lo grabó en nuestra sangre fue él. Mikhail Novikov.






