Mundo de ficçãoIniciar sessãoArleth.
Un cosquilleo se forma entre mis piernas y los labios me hormiguean. Parpadeo mirando a todos lados para no delatar mi falta de experiencia. «Esto no me estaría pasando si no hubiera nacido un viernes 13». Su mirada me recorre y siento que el aire se pone denso, como una gelatina que no permite nadar. En completo silencio me amarro el cabello para ponerlo a un lado de mi cuello, clavo los ojos al techo contando las líneas que forman la sombra de las gotas de lluvia al deslizarse por la ventana, luego de quedarme con las manos sobre el abdomen. No pienso moverme, ni hablar. Respirar es peligroso a lado de este tipo. Si lo cumple, yo me quedaría con el... ¿Por qué estoy proyectando la idea? ¡Lo acabo de conocer, por los cielos! Se supone que me estoy preparando para dar terapia, pero presiento que seré quien debe recibirla. Estás mal, Arleth. Perdiste la razón, me digo. Según el tema de la última clase, hace dos días, el cual fue dedicado al manejo de pensamientos intrusivos y atención, para borrar un pensamiento de forma efectiva no debo luchar contra él, sino distraer la mente con otra cosa. Contar, respirar, concentrarme en algo tangible. Decido que lo mejor es contarle las arrugas a la sábana. Repaso las formas, encontrando un mapa, una rosa…una montaña musculosa debajo de esta, la cual sigo borde a borde, hallando el Everest formado por el trasero de Rusia que acaba dejándome hipnotizada al ver un costado lleno de tinta. La figura se desplaza hasta la espalda, formando dos líneas perpendiculares que se unen en forma de t…¿o es una cruz invertida? No me doy cuenta de que estoy torcida del cuello hasta que siento dolor. «Ni Valak lograría esta posición». Me acomodo el cuello, volviendo a detallar la tinta que le decora los músculos esculpidos. ¿Eso es un cuchillo? Parece un collar sobre el… Mi uña lo alcanza a tocar y enseguida la mano me la atrapa, girándose con una mirada asesina. El manotazo que le suelto, me ayuda a liberarme, pero calculo mal al darle una patada que sujeta, llevándome a él. Mi pierna está bajo su brazo al dejarlas separadas. Y eso no sería problema, si no fuera porque estoy casi sobre su…su…su…¡Su eso! —No vuelvas a hacer eso —su mirada baja un segundo, lenta, deliberada, y vuelve a mis ojos—. No te conviene descubrir hasta dónde puedo llegar cuando alguien me provoca. Aprieta mi carne, con los ojos llenándose de una luz infernal. Dolorosa. ¡Y tú no tienes complejos de luciérnaga! Coloco el otro pie en su costado, deslizándome con suavidad de su agarre. La mano no se aparta, rozándome la pierna completa. El tobillo me quema, y me obligo a contar sus dedos. Los mismos que me recorren hasta las uñas rosas del pie, presionándolas. —¿Sí me devuelves mi piecito?— mi voz sale en súplica, y tal parece que no solo brillan sus ojos. Ahora no es solo su mirada. —¿Tu piecito? —repite, con una calma peligrosa, como si degustara la palabra, luego parece tragársela. —Aléjate, si tu deseo es volver a caminar. Trago saliva con la reacción equivocada que le da mi cuerpo a esas palabras. Su voz no es alta, ni dura… es peor. Es baja, grave, cargada de algo que no sé nombrar, pero que me hace sentir el pulso en lugares donde no debería sentirlo. Y entonces, como si nada, afloja la mano… aunque sus dedos tardan un segundo más de lo necesario en separarse, como si soltarme fuera, en sí mismo, una decisión. Me digo que esto no es de una persona normal. Debo prestar más atención a clases. Auto diagnosticarme es mala praxis, eso lo repiten hasta el cansancio. Pero no tengo a quien decirle que tengo pensamientos contrariados justo ahora. Respiro hondo, cruzándome de brazos como si así pudiera recuperar algo de dignidad, dándome terapia mentalmente. Reconozco y me oculto información, hablando sola dentro de mi cabeza. Síntomas: pulso acelerado, pensamientos intrusivos, pésimo criterio para escoger habitaciones de hotel y una tendencia preocupante a meterme en problemas con hombres que parecen capaces de ordenar que te asesinen. Diagnóstico preliminar: idiotez aguda. Muevo el pie con cuidado, comprobando que sigue siendo mío y que funciona. Él ya no me toca, pero la sensación tarda en irse, como si la piel tuviera memoria. No mires. No pienses. No vuelvas a mirarlo, me aconsejo. Lo miro, me ignoro. Está recostado, un brazo bajo la cabeza, la mirada perdida en el techo como si yo ya no existiera. Pero hay algo en la tensión de su mandíbula, en la forma en que sus dedos se mueven apenas sobre la sábana, que me dice que sí existe… y que está demasiado consciente de mí. Aparto los ojos de golpe. Definitivamente necesito graduarme pronto… Porque si mi psicóloga fuera como la yo de este momento, no volvería a ir a otra sesión. Y necesito atraer más clientes, no ahuyentarlos. Me lanzo un golpe sola ante la estupidez que acabo de pensar. Una de sus comisuras se mueve, apenas para regañarme, porque si mi profesora me viera ahora mismo, me mandaría a repetir todo el semestre y luego me prohibiría acercarme a un paciente a menos de diez metros. «Mantener distancia emocional», decía siempre. «Observar sin involucrarse». «No proyectar». Perfecto. Estoy haciendo exactamente lo contrario de los tres puntos. Me cubro la cara un segundo, apretando los ojos. —Patético, Arleth… —murmuro. —Coincido —dice él, sin moverse. Bajo las manos de golpe, fulminándolo con la mirada. —No estaba hablando contigo. —Estabas hablando en voz alta. —Eso no te da derecho a opinar. —Respirar tampoco te da derecho a hacer ruido —murmura, girando apenas la cabeza hacia mí. Le sostengo la mirada, indignada… pero algo en su expresión me desarma un poco. No parece burlarse del todo. Más bien… observa. Como si me estudiara. —Basta de hacerlo —ordena al fin. —Me inspiro cuando hay idiotas cerca —respondo automáticamente. No sé por qué, pero juraría que una sonrisa asoma. Gira el cuello mirando lo que hay de ese lado de la cama, y tengo de frente. «Un espejo.» La cara se me calienta. No sé si por vergüenza o rabia. Decido que lo mejor es ignorarlo. Él no existe. Intento descansar, acomodándome en la almohada y girándome hacia el otro lado, obligándome a cerrar los ojos. Dormir. Eso vine a hacer aquí. Muerdo el interior de mi mejilla cuando el sueño no llega no sé cuanto tiempo después. La media noche cae, mientras yo solo estoy existiendo. Puedo deducir que tampoco está dormido por la manera en que se mueve la cama. Me repito que no estoy con alguien conocido para hacerle conversación, como a una persona que sí. —¿A qué te dedicas?— pregunto ignorando mis propias ideas. —A no preguntar todo lo que se me ocurra. Giro la mirada al verlo asegurarse que escuché. —Empecemos de nuevo— suelto el aire retenido para no enojarme. Soy un ser de luz—. Mucho gusto, soy... —Soy chef —revela tranquilo—. Tú eres deportista artística, o incluso modelo. Repara mi cuerpo. —Soy modelo —aclaro la garganta—. Como de todo. Tengo veintidós más un año. Signo virgo. Dicen que soy muy habladora y... —No se equivocan— aunque lo dice con fastidio, mi lengua quiere libertad. —Es que tiendo a sentir que debo decir todo lo que pienso, porque después van a pensar cosas de mí que no son. —¿Y porqué te tendría que importar lo que el resto del mundo piensa?— cuestiona. —No sé, una vez salió un reportaje de que yo no sonreía mucho y todos dijeron que tenía problemas con mi familia —le cuento sin saber la razón—, lo cual no era verdad y no quería que pensaran mal de ellos, así que sonreía todo el tiempo ante las cámaras. —No se le puede dar gusto a todos. —Lo sé, pero no quiero que se sientan incómodos conmigo —me giro del todo hacia él—. En una ocasión dijeron que un niño lloró en mi presencia, pero lo hizo porque su madre no le daba el biberón —esclarezco antes de que deduzca—, así que se lo di yo. Capturaron esa imagen y la subieron a las redes. —¿Quien eres?— pregunta de nuevo. —Soy... —No tu nombre, quiero saber quien eres tú —me corrige—. La persona, no la modelo. Miro al techo de nuevo. Tenía mucho de no pensar en ello. —Soy una soñadora —comienzo— Soy una amante de las películas románticas, el fútbol y las gorras. —¿Las gorras? —se voltea y hago lo mismo. —Sí, las gorras —recalco—. No sé, siento que le dan un toque chic a la imagen ¿has visto cómo se mira un outfit con una camisa gigante y unos converse, cuando sales a caminar con un perro? —¿Tienes perro? —No, pero sería bonito —replanteo. Una sonrisa asoma, pero la esconde. —¿Y por qué no lo tienes? —vuelve a preguntar. —Porque soy alérgica a ellos —admito—. Erick tiene uno —relato—, que antes era mío —puntualizo— y no puedo estar cerca de ellos por nada del mundo. Me atacan los estornudos cada vez que lo quiero abrazar —le cuento—. Un día quise cuidarlo, pero ni con un traje hecho por mí pude lograrlo. —Hablas mucho— sus labios se estiran hermosa y peligrosamente. —Lo sé, ya lo dijiste mucha veces. Respira hondo. Le sonrío. —Suelo solucionar ese defecto— se me corta el paso del aire, porque una parte de mí lo cree. La otra no tiene voz ni voto.






