En el lujo del ala de invitados de la mansión Volkov, Anna se sentó en el borde de la cama mientras May —quien para el mundo exterior era una tía cariñosa, pero para Anna era su comandante— abría su pequeña maleta. El ambiente parecía perfectamente doméstico y tranquilo, pero cada frase que pronunciaban era una densa capa de estrategia.
—San Petersburgo es muy hermoso, Anna —dijo May mientras sacaba un chal de seda, con sus ojos escaneando rápidamente cada rincón de la habitación para asegura