Esa tarde, la Catedral de San Isaac se erguía majestuosa bajo el gris cielo de San Petersburgo. La arquitectura antigua, con sus pilares gigantes y cúpulas doradas, brindaba una atmósfera que era a la vez opresiva y sagrada. En el interior, el aire era frío y olía a incienso viejo, sementara el sonido de los pasos de Nikolai, Anna, Dmitri y Sasha resonaba a lo largo de la vasta nave central.
Habían venido para el ensayo general final. El altar mayor, adornado con iconos dorados, esperaba al f