La mañana en la Mansión Volkov, en San Petersburgo, siempre se sentía como una reliquia de la era de la Guerra Fría: fría, rígida y llena de secretos enterrados bajo la nieve. Pero para Nikolai, el aire aquí resultaba sofocante. Había pasado demasiado tiempo respirando el aire de Nueva York, cargado de contaminación pero con aroma a libertad, el lugar donde había construido su propio imperio desde cero, lejos de la sombra del bastón de plata de su padre.
En el majestuoso comedor, el silencio