Ramiro condujo el resto del trayecto en una niebla mental. La orquesta de cláxones se desvaneció, reemplazada por el eco persistente del silencio de Aura. Cada detalle de su aparición—el ligero bronceado, la caída de su cabello, la gracia soberana de su paso—se reproducía en un bucle implacable detrás de sus párpados.
Llegó al restaurante con diez minutos de retraso, algo inusual en él. Estacionó el auto de forma mecánica y entró en el local, sintiendo el peso de su propia inercia.
El entrenado