Vesper abandonó el escenario empapado, con la espalda recta, negándose a reconocer el rugido que crecía detrás de ella. Cada paso resonaba en el pasillo de servicio, dejando un rastro de agua y brillo. El calor corporal de la danza se enfrentaba al frío del agua helada y, peor aún, al frío helado de la realidad.
La sensación era una paradoja punzante: la victoria más espectacular de su vida profesional envuelta en la vergüenza más profunda. Había dominado a Ramiro y a toda la escoria del Orácul