Capítulo 43. El cazador sin presa
El sonido del celular me parece extraño, algo no anda bien. No es un timbre, es la antesala a una noticia nada buena. Enzo lo toma, mira la pantalla y alza la vista hacia mí. No dice nada, pero ya lo sé: es el chofer.
—Contesta —ordeno.
Enzo responde. Una voz jadeante, rota, se cuela en el altavoz:
—Señor, la señorita…
Un golpe seco. El crujido de algo metálico contra hueso. Un jadeo cortado. Y luego nada. Silencio.
El vaso en mi mano se estrella contra la pared. El vino baja como sangre por la