Capítulo 42. La Reina encadenada
El mar golpea con la paciencia de un verdugo. Cada oleada es un puñetazo húmedo contra las paredes de concreto. Me bajaron de la barcaza con el mismo cuidado con que se baja una caja frágil: no por mí, por el contenido que creen negociar. Dársena vieja. Galpón tres. El aire aquí huele a óxido, sal y aceite rancio.
Me tiran en una habitación improvisada: cuatro paredes desconchadas, una ventana alta con reja, una puerta metálica con mirilla, un catre de hierro atornillado al piso. No hay cámaras