Capítulo 40. Lazos de sangre
La mañana se abre como un nuevo comienzo lleno de frescura. El sol lucha por atravesar las nubes bajas, y la brisa huele a hierro y mar. Aún tengo en la piel el eco de la noche anterior: la respiración de Dante en mi cuello, la confesión de su miedo, mis propias palabras prometiéndole que no lo dejaría.
Anoche dejamos de fingir que éramos aliados estratégicos. Somos pareja, somos uno. Lo supe cuando lo vi romper su máscara y dejarme entrar en su herida más profunda.
Hoy, mientras camino hacia el coche que me espera, siento ese cambio. Ya no soy una pieza suelta en el tablero. Soy parte de él, parte de nosotros.
—Buenos días, señorita —me saluda el chofer, abriendo la puerta trasera.
Asiento con una sonrisa distraída. Mis pensamientos aún vagan en la biblioteca de anoche, en la carta de mi madre, en el calor del cuerpo de Dante sosteniendo el mío. Me acomodo en el asiento y miro hacia atrás: la mansión se va achicando a medida que avanzamos.
El chofer conduce con la tranquilidad de qui