Capítulo 39. La máscara resquebrajada
La ciudad ya no murmura. Los papeles falsos ardieron frente a todos, y las pruebas que llevamos fueron tan contundentes que hasta las bocas más venenosas callaron. No hubo aplausos ni festejos; no los necesitamos. El silencio fue victoria suficiente.
Ahora, de regreso en la mansión, ese silencio se siente distinto. Ya no es amenaza. Es alivio. Es la calma que queda después de una batalla que nadie vio, pero que todos entendieron.
Camino junto a Dante por el pasillo del ala principal. No habla. No lo necesita: su hombro, al rozar el mío, me dice que todavía tiene fuego dentro. Ese fuego ya no es contra de mí, ni contra el mundo; es miedo. Miedo de perder lo único que no sabe reemplazar. Y creo que siento ese mismo miedo que él.
—Ven —susurra.
No pregunta. Ordena, como siempre. Pero en su voz hay algo nuevo: un temblor suave, una grieta. Lo sigo. Sus pasos se dirigen al ala este, esa parte de la casa que siempre permanecía cerrada, como si dentro habitara un fantasma al que nunca quiso