Capítulo 36. El espejo de la lealtad
El Palazzo Ferretti huele a cera y a vanidad pulida. Nos reciben en la Galería de los Espejos, un corredor donde la luz se multiplica y cualquier gesto se repite cien veces. Buen escenario: aquí las mentiras no tienen esquina donde esconderse.
Enzo camina medio paso detrás. Raffaele ya está en las barandas altas, invisible para cualquiera que no sepa buscarlo. Veo, a través de los ventanales, los tres faroles de San Giorgio parpadear como un código infantil: Giordano ha venido y quiere que todos lo sepan.
Ferretti abre los brazos, anfitrión de sonrisa medida, pero de esos que planean por las espaldas, siempre para tener una ventaja.
—Bienvenidos. Esta noche el Consejo busca calmar las aguas.
—Las aguas se calman cuando se limpian —respondo, sin tomar su mano—. Vamos a ello.
Me siento en el extremo corto de la mesa, donde la vista es mando. Alessia ocupa mi derecha. No detrás, no enfrente: a mi lado. Su vestido negro corta la luz, su perfume de jazmín desarma las distancias. Apoya los