Capítulo 35. Fuego y hielo
Alessia
El garaje huele a soledad, a desacuerdo. Apago la camioneta y el parabrisas queda empañado por dentro, como si la noche quisiera quedarse con nosotros. Dante no se mueve. Yo sí. Abro la puerta y el frío me muerde los tobillos.
—No vuelvas a escribir mi apellido sin mi voz —repito, sin alzar el tono.
Él me sostiene la mirada. Tiene una mancha de hollín en el labio inferior, una firma que no le pertenece. La borro con el pulgar. El toque me enciende, me ordena detenerme. Obedezco a medias