Capítulo 35. Fuego y hielo
Alessia
El garaje huele a soledad, a desacuerdo. Apago la camioneta y el parabrisas queda empañado por dentro, como si la noche quisiera quedarse con nosotros. Dante no se mueve. Yo sí. Abro la puerta y el frío me muerde los tobillos.
—No vuelvas a escribir mi apellido sin mi voz —repito, sin alzar el tono.
Él me sostiene la mirada. Tiene una mancha de hollín en el labio inferior, una firma que no le pertenece. La borro con el pulgar. El toque me enciende, me ordena detenerme. Obedezco a medias, aunque ni siquiera debí ayudarlo.
—No lo escribí. Lo defendí —responde.
—Defiéndelo conmigo —añado—. O me tendrás enfrente.
La mansión nos recibe con pasillos en penumbra y un hilo de luz bajo la puerta de la biblioteca. Camino primero; Dante detrás, la distancia exacta para no tocarme y aun así ocuparme la espalda.
Bajo la lámpara, las rutas del puerto brillan con un pulso frío: Ruta C-7, Muelle San Giorgio, Dársena Norte. Sobre la mesa, el plano del contenedor con la frase roja que todavía p