Capítulo 37. Lazos de sangre
Salvatore
La noticia de la boda cae sobre el despacho como una campana maldita: treinta días. Treinta. Cierro el periódico con los dedos manchados de nicotina. El Palazzo todavía huele a cera y a derrota tibia. La ciudad aplaude con los dientes. Yo no.
El espejo antiguo frente a mi mesa devuelve un hombre que ya no intimida a nadie. Bajo la mirada y me encuentro con el bastón. Golpeo el suelo una vez; el eco suena a promesa rota.
—Treinta días —mascullo—. No llegarán.
Marco un número que aún me