Capítulo 37. Lazos de sangre
Salvatore
La noticia de la boda cae sobre el despacho como una campana maldita: treinta días. Treinta. Cierro el periódico con los dedos manchados de nicotina. El Palazzo todavía huele a cera y a derrota tibia. La ciudad aplaude con los dientes. Yo no.
El espejo antiguo frente a mi mesa devuelve un hombre que ya no intimida a nadie. Bajo la mirada y me encuentro con el bastón. Golpeo el suelo una vez; el eco suena a promesa rota.
—Treinta días —mascullo—. No llegarán.
Marco un número que aún me debe favores. Banca Aurea siempre ha entendido que el dinero tiene oídos.
—Quiero saber si A. Montenegro movió caja de seguridad —digo—. Sí. Hoy. Mañana. La semana entera. —Escucho—. Perfecto. Me llamas si se agenda visita. —Cuelgo.
La madre de Alessia me mira desde una foto en blanco y negro. Nadie me supo perdonar esa muerte. Yo tampoco. Me acerco, paso el dedo por el marco.
—Te la quito de las manos para salvarte —le digo a la madera—. Y para salvarnos. El apellido primero. Siempre.
Tomo el