Capítulo 32. El lobo en su guarida
La mansión despierta antes que el sol. La escucho respirar desde mi estudio: motores de las camionetas, pasos medidos en el pasillo, el silbido del café. Mi guarida. El lugar donde mando, donde todo obedece. Excepto ella.
Alessia cruza el umbral con una carpeta en la mano y el cabello recogido en una trenza que no sabía que podía desarmarme. No camina: ocupa el espacio. Da indicaciones en voz baja a Marta, reorganiza horarios, pide una lista de entradas y salidas. La veo colocar una hoja en el tablón del pasillo: nuevas reglas para el personal. No suenan a capricho; suenan a orden.
—Nadie entra a mi estudio sin tocar. —Se vuelve hacia mí, apenas un gesto—. Y no quiero escoltas dentro de la biblioteca. Afuera, sí; adentro, no.
—Me estás quitando márgenes —digo, sin levantarme.
—Te estoy quitando ruido. —Sonríe lo justo—. Si soy reina, también mando dentro de mi casa.
Mi casa. La palabra me muerde y me gusta. Le indico con la barbilla la bandeja.
—Café. Negro, para mí. ¿Lo tomas?
—Negro