Capítulo 31. El tablero de fuego
El salón principal de la mansión respira como si fuera un cuerpo vivo. La lámpara central ilumina el mármol, pero sobre la mesa rectangular no hay flores ni adornos: solo mapas, informes y copas de whisky a medio llenar. El lujo se disfraza de cuartel. Me acerco y siento el peso de la noche en mis hombros.
Dante está de pie, inclinado sobre el mapa que cubre casi toda la superficie. Sus dedos marcan líneas en rojo, rutas marítimas que son nuestras. A un costado, pequeñas fichas metálicas representan barcos. Reconozco los nombres grabados en cada pieza.
—«Aurora», en la Dársena Norte; controlada por Ferretti —señalo con la uña pintada de rojo—. Usan esta ruta para disfrazar cargamentos de armas bajo contratos legales.
—«Santa Helena» —Dante la toma y la mueve un par de centímetros—. Alejandro la mantenía como su joya, pero ahora es un cascarón vacío.
—«Il Moro» —añado—. Ese barco nunca se mueve sin que los Giordano metan las manos, siempre en la Ruta C-7. Desde hoy, solo podrá moverse