Capítulo 33. Veneno en la copa
Valeria
El salón privado del Conservatorio huele a madera vieja y a vino que respira. No es casual su elección: los Ferretti saben barnizar el peligro con cortesía. La mesa es estrecha, de esas que obligan a rozar las manos al tomar la copa. Yo misma pedí que cambiaran el cristal por uno con pie ancho. El maître sonrió; no vio el micrófono oculto en la base.
La gota de tinto se desliza por el interior. Pienso: el veneno no siempre mata; a veces revela. Me miro en la ventana: sigo siendo la mujer que cruzó el muelle apestando a pólvora, pero hoy he elegido el perfume de la inteligencia. No vine a suplicar. Vine a sobrevivir, como siempre lo hago.
En mi bolso, el alfiler de cabeza negra. Lo giro entre los dedos antes de clavarlo en la servilleta. Es mi recordatorio: no vuelvo a ser carnada.
Antes de la cata, cruzo el patio en sombras y entro a la sala pequeña donde me esperan Alessia y Enzo. Ella está de pie, apoyada en la mesa, como si fuera una jueza que ya conoce el veredicto. No me