Capítulo 59. La mano que tira del hilo
Alessia
La fábrica vieja del río huele a hierro mojado y tinta seca. Elegí esta sala porque no hace eco: aquí las palabras caen al piso con su propio peso. Raffaele apagó la mitad de las lámparas y dejó la luz justa para ver sin sentir que nos miran. En la mesa, dos teléfonos: el burner de Alarcón y el de Camassa, recién cargados, obedientes como perros que todavía no entienden al nuevo amo.
—Sala fría —digo—. Sin micrófonos.
Dante asiente. No necesitamos más ceremonias. Tiene una línea roja en