Olivia se acercó a mí, sus sollozos y gritos eran tan desgarradores que mi Nana irrumpió en la habitación, alarmada.
—¿Qué pasa? —preguntó, con el rostro lleno de preocupación.
Ninguna de las dos pudo responder. Nana alternaba la mirada entre nosotras, visiblemente inquieta.
—¿Por qué están llorando? —insistió.
La miré, sintiéndome deshecha, como si estuviera atrapada en una realidad paralela. No podía creer lo que había leído. Tenía que ser mentira, pero la caligrafía era inconfundible: era la