Habían pasado días, quizás semanas, encerrada en mi habitación. No deseaba salir. Mucho menos verlo. Hablarle era impensable.
Olivia, con su paciencia infinita, continuaba trayendo comida. Pero aquella mañana, al despertar, una tristeza honda me envolvía, pesada, imposible de ignorar. Sin saber por qué, guiada por un impulso que nacía de las sombras de mi alma, me acerqué a la ventana. Desde allí, mi mirada se perdió en la lejanía de la ciudad. A simple vista parecía un lugar ideal, casi perfe