Llegamos a la casa de mi padre; la fiesta ya había comenzado. Las luces resplandecían desde las ventanas como si trataran de competir con las estrellas, y las risas y la música se desbordaban al exterior, envolviendo la noche en una atmósfera vibrante. William me abrió la puerta del carruaje con una elegancia impecable, y bajé, sintiendo el peso de las miradas de los asistentes que ya estaban dentro. Entramos juntos, y ahí estaba mi padre, esperándonos en el vestíbulo con su porte dominante.
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