Toda la noche permanecí acostada, con la vista fija en el techo de mi habitación. La opresión en mi pecho no me dejaba respirar, cada inhalación era un esfuerzo. Finalmente, incapaz de soportarlo más, me levanté de la cama y me acerqué a la puerta. Allí estaba un guardia, en silencio, firme frente a la entrada, observándome. Por su postura, parecía estar cuidándome, aunque su presencia era más una barrera que una protección.
—Quiero ver a la Reina —dije, mi voz temblorosa pero decidida.
—Eso no